jueves, 26 de agosto de 2010

LA JAULA

LA  JAULA


Afuera hay sol.

No es más que un sol

pero los hombres lo miran

y después cantan.



Yo no sé del sol.

Yo sé la melodía del ángel

y el sermón caliente

del último viento.



Sé gritar hasta el alba

cuando la muerte se posa desnuda

en mi sombra.



Yo lloro debajo de mi nombre.

Yo agito pañuelos en la noche y barcos sedientos de realidad

bailan conmigo.



Yo oculto clavos

para escarnecer a mis sueños enfermos.


Afuera hay sol.

Yo me visto de cenizas.

miércoles, 25 de agosto de 2010

POEMA DE LA DESPEDIDA

POEMA DE LA DESPEDIDA


Te digo adiós, y acaso te quiero todavía.
Quizá no he de olvidarte, pero te digo adiós.
No sé si me quisiste... No sé si te quería...

O tal vez nos quisimos demasiado los dos.


Este cariño triste, y apasionado, y loco,

me lo sembré en el alma para quererte a ti.

No sé si te amé mucho... no sé si te amé poco;

pero sí sé que nunca volveré a amar así.


Me queda tu sonrisa dormida en mi recuerdo,

y el corazón me dice que no te olvidaré;

pero, al quedarme solo, sabiendo que te pierdo,

tal vez empiezo a amarte como jamás te amé.


Te digo adiós, y acaso, con esta despedida,

mi más hermoso sueño muere dentro de mí...
Pero te digo adiós, para toda la vida,

aunque toda la vida siga pensando en ti.

JOSE ANGEL BUESA

NOCTURNO

NOCTURNO

¡Pues bien!, yo necesito decirte que te adoro,
decirte que te quiero con todo el corazón;
que es mucho lo que sufro, que es mucho lo que lloro,
que ya no puedo tanto, y al grito en que te imploro,
te imploro y te hablo en nombre de mi última ilusión.

Yo quiero que tú sepas que ya hace muchos días
estoy enfermo y pálido de tanto no dormir;
que están mis noches negras, tan negras y sombrías,
que ya se han muerto todas las esperanzas mías,
que ya no sé ni dónde se alzaba el porvenir.


De noche, cuando pongo mis sienes en la almohada
y hacia otro mundo quiero mi espíritu volver,

camino mucho, mucho, y al fin de la jornada,
las formas de mi madre se pierden en la nada,
y tú de nuevo vuelves en mi alma a aparecer.

Comprendo que tus besos jamás han de ser míos,
comprendo que en tus ojos no me he de ver jamás;
y te amo y en mis locos y ardientes desvaríos,
bendigo tus desdenes, adoro tus desvíos,
y en vez de amarte menos te quiero mucho más.

A veces pienso en darte mi eterna despedida,
borrarte en mis recuerdos y huir de esta pasión;
mas si es en vano todo y el alma no te olvida,
¿qué quieres tú que yo haga, pedazo de mi vida,
qué quieres tú que yo haga con este corazón?



Y luego que ya estaba concluido el santuario,
tu lámpara encendida, tu velo en el altar,
el sol de la mañana detrás del campanario,
chispeando las antorchas, humeando el incensario,
y abierta allá a lo lejos la puerta del hogar…

¡Qué hermoso hubiera sido vivir bajo aquel techo,
los dos unidos siempre y amándonos los dos;
tú siempre enamorada, yo siempre satisfecho,
los dos una sola alma, los dos un solo pecho,
y en medio de nosotros mi madre como un Dios!

 
¡Figúrate qué hermosas las horas de esa vida!
¡Qué dulce y bello el viaje por una tierra así!
Y yo soñaba en eso, mi santa prometida;
y al delirar en eso con alma estremecida,
pensaba yo en ser bueno por ti, no más por ti.

Bien sabe Dios que ese era mi más hermoso sueño,
mi afán y mi esperanza, mi dicha y mi placer;
¡bien sabe Dios que en nada cifraba yo mi empeño,
sino en amarte mucho en el hogar risueño
que me envolvió en sus besos cuando me vio nacer!


Esa era mi esperanza… mas ya que a sus fulgores
se opone el hondo abismo que existe entre los dos,
¡adiós por la vez última, amor de mis amores;
la luz de mis tinieblas, la esencia de mis flores;
mi lira de poeta, mi juventud, adiós!

MANUEL ACUÑA

martes, 24 de agosto de 2010

VERDADES AMARGAS

Verdades amargas


Yo no quiero mirar lo que he mirado
a travéz del cristal de la experiencia,
el mundo es un mercado en que se compra
amor, voluntad y conciencia.

Amigos...es mentira...no hay amigos,
la verdadera amistad es ilusión,
ella cambia, se aleja y desaparece,
con los giros que da la situación.

Amigos complacientes sólo tienen
los que disfutan de ventura y calma,
pero aquellos que abate el infortunio,
sólo llevan tristezas en el alma.
 
En éste laberinto de la vida,
donde tanto domina la maldad,
todo tiene su precio estipulado,
amores, parentesco, y amistad.

El que nada atesora, nada vale,
en toda reunión pasa por necio;
y por nobles que sus hechos sean,
lo que alcanza es la burla y el desprecio.

Lo que brille nomás tiene cabida,
aunque brille por oro lo que es cobre,
lo que no perdonamos en la vida
es el cruel delito de haber nacido pobre.

La estupidez, el vicio y hasta el crimen
pueden tener su puesto señalado,
las llagas del defecto no se miran
si las cubre un diamante bien tallado.

La sociedad que adora su deshonra,
persigue con sáña al criminal,
más, si el puñal es de oro,
enmudece el juez...y besa el puñal.

Nada hermano es perfecto, nada afable,
todo está con lo impuro entremezclado,
el mismo corazón con ser tan noble,
cuántas veces se encuentra enmascarado.

Que existe la virtud...yo no lo niego
pero siempre en conjunto defectuoso,
hay rasgos de virtud en el malvado
y hay rasgos de maldad en el virtuoso.

Cuándo veo a mi paso tanta infamia
y que mancha mi planta tanto lodo,
ganas me dan de maldecir la vida,
ganas me dan de maldecirlo todo.

Porque ceñido a la verdad estoy,
me dieron a libar hiel y veneno,
hiel y veneno en recompensa doy.

Y si tengo la palabra tosca,
en estas lineas oscuras y sin nombres
doblando las rodillas en el polvo,
pido perdón a Dios, pero no al hombre.

RAMÓN ORTEGA

EL SEMINARISTA DE LOS OJOS NEGROS

EL SEMINARISTA DE LOS OJOS  NEGROS

Desde la ventana de un casucho viejo

abierta en verano, cerrada en invierno

por vidrios verdosos y plomos espesos,

una salmantina de rubio cabello

y ojos que parecen pedazos de cielo,

mientas la costura mezcla con el rezo,

ve todas las tardes pasar en silencio

los seminaristas que van de paseo.



Baja la cabeza, sin erguir el cuerpo,

marchan en dos filas pausados y austeros,

sin más nota alegre sobre el traje negro

que la beca roja que ciñe su cuello,

y que por la espalda casi roza el suelo.



Un seminarista, entre todos ellos,

marcha siempre erguido, con aire resuelto.

La negra sotana dibuja su cuerpo

gallardo y airoso, flexible y esbelto.

Él, solo a hurtadillas y con el recelo

de que sus miradas observen los clérigos,

desde que en la calle vislumbra a lo lejos

a la salmantina de rubio cabello

la mira muy fijo, con mirar intenso.

Y siempre que pasa le deja el recuerdo

de aquella mirada de sus ojos negros.

Monótono y tardo va pasando el tiempo

y muere el estío y el otoño luego,

y vienen las tardes plomizas de invierno.



Desde la ventana del casucho viejo

siempre sola y triste; rezando y cosiendo

una salmantina de rubio cabello

ve todas las tardes pasar en silencio

los seminaristas que van de paseo.



Pero no ve a todos: ve solo a uno de ellos,

su seminarista de los ojos negros;

cada vez que pasa gallardo y esbelto,

observa la niña que pide aquel cuerpo

marciales arreos.



Cuando en ella fija sus ojos abiertos

con vivas y audaces miradas de fuego,

parece decirla: —¡Te quiero!, ¡te quiero!,

¡Yo no he de ser cura, yo no puedo serlo!

¡Si yo no soy tuyo, me muero, me muero!

A la niña entonces se le oprime el pecho,

la labor suspende y olvida los rezos,

y ya vive sólo en su pensamiento

el seminarista de los ojos negros.



En una lluviosa mañana de inverno

la niña que alegre saltaba del lecho,

oyó tristes cánticos y fúnebres rezos;

por la angosta calle pasaba un entierro.




Un seminarista sin duda era el muerto;

pues, cuatro, llevaban en hombros el féretro,

con la beca roja por cima cubierto,

y sobre la beca, el bonete negro.

Con sus voces roncas cantaban los clérigos

los seminaristas iban en silencio

siempre en dos filas hacia el cementerio

como por las tardes al ir de paseo.



La niña angustiada miraba el cortejo

los conoce a todos a fuerza de verlos...

tan sólo, tan sólo faltaba entre ellos...

el seminarista de los ojos negros.



Corriendo los años, pasó mucho tiempo...

y allá en la ventana del casucho viejo,

una pobre anciana de blancos cabellos,

con la tez rugosa y encorvado el cuerpo,

mientras la costura mezcla con el rezo,

ve todas las tardes pasar en silencio

los seminaristas que van de paseo.



La labor suspende, los mira, y al verlos

sus ojos azules ya tristes y muertos

vierten silenciosas lágrimas de hielo.



Sola, vieja y triste, aún guarda el recuerdo

del seminarista de los ojos negros...

MIGUEL RAMOS CARRIÓN